Se nos acaba el tiempo

Fernando Moraleda
Se nos acaba el tiempo

El cambio climático sigue siendo uno de los aspectos que económica y socialmente sigue dominando las informaciones que nos llegan a través de los principales medios en estos últimos años. O bien por que se producen acontecimientos meteorológicos extremos o por la evolución de las conversaciones políticas  sobre acuerdos internacionales, el hecho cierto es que el cambio climático ha pasado a formar parte de nuestra cotidianidad.

Aún así, sigue produciéndose una notable confusión a la hora de conocer su origen y sobre todo sus efectos mas notables. Empieza a ser común que una inundación o una sequía prolongada sean calificadas como una consecuencia del cambio climático, cuando la primera diferencia entre clima y meteorología es de orden temporal. El clima se maneja científicamente sobre modelos matemáticos que pueden predecir efectos a medio y largo plazo (años), mientras que el tiempo llega a predicciones fiables no mas allá de una semana.

Sin embargo, no hace mas de una década el propio concepto se ponía en duda tratando así de invalidar numerosas y prestigiosas investigaciones que ponían de relieve el efecto antropogénico del aumento de la temperatura media del planeta por efecto de los gases de efecto invernadero, en particular por el CO2. Hoy en día el paso dado por la aceptación política y social  del cambio climático es ya prácticamente irreversible. Un buen ejemplo reciente es la actitud del presidente norteamericano Donald Trump negando la existencia del cambio climático y la salida de EEUU de los Acuerdos de París, cuando en realidad su salida “jurídica” del Acuerdo tendrá que esperar a un nuevo mandato. Tan significativo, como el hecho que las propias petroleras estadounidenses hayan alertado de la dificultad practica en tomar esa decisión, atendiendo a sus importantes inversiones en la adaptación a un nuevo modelo.

En resumen, desde que se alcanzara en la COP 21 el primer Acuerdo que sustituyó al Tratado de Kioto, multitud de gobiernos y empresas en todo el mundo empezaron a consolidar en sus balances las actuaciones sobre los efectos del cambio climático. Y ello por diferentes motivos.

En el caso de los países es particularmente revelador la evolución realizada por China en estos últimos años.

Desde que decidió formar parte de los Acuerdos de París, ha sido uno de los principales actores en política energética, tratando de cambiar su patrón de producción de energía. Los efectos de la contaminación en sus grandes ciudades ha contribuido, sin duda,  a que la presión se redoblara sobre su producción sustentada en el carbón y a que se elaborara un plan de sustitución de este componente energético por energías renovables. Hoy en día se ha convertido en el principal aliado de la Unión Europea después del cambio de prioridades del EEUU.

En relación a las empresas son ya muchos los indicadores establecidos y reconocidos por importantes consultoras internacionales, los que miden el liderazgo internacional de estas empresas en la lucha contra el cambio climático, formándose así una nueva reputación corporativa que tan importante papel juega en la competencia. Por no hablar de la extensión de los mercados de derechos de carbono a países donde hasta hace muy poco no existían.

Mi punto de vista es que esta evolución se debe fundamentalmente a factores económicos y no meramente de imagen corporativa.

El efecto exponencial que la digitalización está produciendo en la disminución de costes energéticos dentro de la estructura de gasto de las empresas, es probablemente el mas significativo. La innovación tecnológica se ha convertido en uno de los principales aliados de la extensión de los compromisos contra el cambio climático. En los países desarrollados ya es un hecho, y en los países en vías de desarrollo puede ser uno de los motores de aceleración en su cambio hacia un mix energético con menos emisiones de gases de efecto invernadero.

No puedo evitar traer a colación una reciente noticia que es sustantiva del efecto de la revolución tecnológica. China acaba de poner sistemas de reconocimiento facial en lavabos públicos, para la dispensación de una porción de papel higiénico a los usuarios. En nuestra mentalidad occidental nos puede producir una sonrisa, pero si analizamos inmediatamente su dimensión económica y el orden de costes de la tecnología usada y el producto sobre el que se usa, nuestra sonrisa puede acabar en mueca de incredulidad. A esta velocidad se están produciendo los cambios.

Sin embargo, la dimensión política entendida como la actuación a nivel internacional de medidas consensuadas para rebajar al objetivo de 2ºC el aumento medio de la temperatura del planeta, contiene mas incertidumbres. No solo por la dificultad de incorporar las cantidades acordadas para el Fondo Verde y pensadas para los países en vías de desarrollo, sino por lo difícil que es objetivamente cambiar el modelo de producción energética en un país y mucho mas en un zona regional pluriestatal. Las infraestructuras necesarias, el cambio en el sistema de distribución eléctrica o las interconexiones entre países, son en sí mismos de enorme complejidad. Y además, sus resultados son de medio plazo.

Aunque la Unión Europa sigue siendo líder en programación y compromiso en su agenda energética, no es menos cierto que ha desacelerado su intensidad al comprobar como otras áreas del planeta, particularmente EEUU, se replanteaba estos cambios. La última COP 23 sigue intentando implementar los acuerdos de París, pero también con dificultades, de las que es un claro exponente la recientemente fallida conferencia de Bonn.

Todas estas dificultades tendrán que ser superadas, pero en mi opinión se necesitará de una reforma en el sistema de toma de decisiones. El procedimiento de unanimidad heredado de los protocolos de Naciones Unidas, debiera ser revisado hacia un modelo mas operativo, ágil y efectivo. Dicho modelo pudiera ser a través de un organismo de nueva creación, con un número reducido de países y en el que se respete la diversidad, o bien trasladar a alguno ya existente, como el  G-20, una agenda concreta de actuaciones sobre la materia.

En definitiva, nos encontramos en un momento en donde la revolución tecnológica junto a la venidera IV revolución industrial, con la inteligencia artificial, nos ayudarán a conseguir objetivos mas ambiciosos ante los efectos del cambio climático. Las empresas han emprendido un camino sin retorno hacia esos mismos objetivos y la comunidad política internacional, seamos optimistas, puede desbloquear el actual impasse en el que nos encontramos.

Pero seguiremos sin responder a una pregunta: ¿Cuánto tiempo mas nos podemos permitir sin tomar decisiones eficaces y globales, antes de atravesar la frontera de los efectos irreversibles en la alteración del clima?.

Fernando Moraleda es Consultor de Cambio Climático
Fernando Moraleda es Consultor de Cambio Climático