¡HÁGASE LA LUZ!

Hugo Morán Fernández
¡HÁGASE LA LUZ!

Es lo mínimo que cabe exigir en el inicio de un proceso que habría de concluir en una realidad energético de país adaptada al siglo que vivimos.

Desde la entrada en vigor de la Ley del Sector Eléctrico de 1997 del Gobierno Aznar, hasta su reforma mediante la Ley 24/2013 del Gobierno Rajoy, transcurrieron tres lustros en el devenir de los cuales el mundo de la energía experimentó un salto en el tiempo de enorme alcance. Nunca antes se habla vivido un proceso de cambio tan radical en tan corto período, claro que tampoco se conocen precedentes de una conjunción de factores sistémicos empujando en una misma dirección; a saber una aceleración de la demanda energética global impulsada por el fenómeno de la   globalización, en un escenario  de crecimiento  demográfico desbocado presionando sobre una decreciente disponibilidad de recursos fósiles; la constatación científica del irreversible deterioro ambiental que la acción humana está desencadenando sobre el Planeta, y la amenaza que ello conlleva para nuestras actuales condiciones de vida; y la irrupción de una serie de innovación es tecnológicas que revolucionan el modelo capitalista clásico de producción  de energía.

Cabría suponer que en un escenario de cambio de era como el que se estaba produciendo, la acción política sería consecuente a la hora de abordar la tarea de adecuar la realidad social, económica y medioambiental, a las nuevas condiciones que la historia estaba generando. Pero lejos de entender lo que estaba sucediendo ante sus propios ojos, ya que no había sido capaz de anticiparse, la política patria optó por el inmovilismo. Así la llamada reforma de la Ley del sector  eléctrico  tramitada en 2013,  en realidad se reveló como una inútil prórroga  de  su antecedente  de  1997.  De tal    forma  que hoy nuestro  país  intenta gestionar una realidad tecnológica del siglo XXI, con una legislación del siglo pasado. Habrá quien piense que tampoco han sido tantos los años transcurridos, pero es que en este caso el cambio de milenio no ha sido un rutinario avance de calendario.

De los nefastos efectos de esta miopía regulatoria vienen dando cumplida cuenta, el recibo de la luz que periódicamente nos llega a casa, el desasosiego con el que vive la industria sus dificultad es para mantener niveles de competitividad con precios de la energía por encima de los que soportan sus competidores, o el sempiterno desequilibrio de una balanza comercial lastrada por la dependencia exterior de nuestra cesta de la compra de recursos fósiles. Pero si algo hay que evidencie con nitidez el fracaso de la política energética que padecemos, este es el hecho de que aún no habiendo transcurrido cinco años desde la última reforma, pomposa mente bautizad a como estructural, el Gobierno se ha visto impelido a proponer una Ley de Transición Energética que debe alinearnos con el resto de la UE, tras el mandato de la Conferencia de Cambio Climático celebrada en París.

Aun así la nueva Ley corre el riesgo de revelarse inútil, si las bases sobre las cuales se edifique siguen siendo las de la opacidad que viene caracterizando al sector. El sistema  es en estos momentos un queso de gruyere encarecido por lo que se paga por sus agujeros. Un sistema en el cual el precio de la energía para el consumidor va divergiendo progresivamente de los costes de producirla para el generador. Pagos por capacidad o por disponibilidad, por interrumpibilidad, por razones de insularidad, por restricciones… En un mercado en el cual el que más caro vende es el que fija la retribución para el conjunto. Con un recibo de la luz cuya resultante final cada vez tiene menos que ver con si se consume más o menos energía; y con una imparable socialización de costes cuyo objetivo no es otro que el de mantener la ficción de que la generación convencional sigue siendo la más barata de las posibles.

Es imprescindible auditar todo el entramado regulatorio del sistema antes de plantear el “aggiornamento” del sector. En el mercado de la luz, el auténtico negocio está en su oscuridad, y   esto  debe  acabarse.

Hugo Morán Fernández. Secretario para la Transición Ecológica de la Economía del PSOE. Secretario de Estado de Medioambiente del Gobierno de España